Oh Hemingway, mi amor!

Vivo en el barrio de Caballito a cuatro cuadras de la Facultad de Filosofía y Letras. Me resulta inevitable, cada vez que paso por ahí, recordar a Bioy Casares quien solía repetir "nunca estuve tan lejos de la filosofía y las letras cuando fui a la Facultad de Filosofía y Letras". La frase es graciosa. Pero fuera de la sentencia -y lejos de ella puesto que me considero antiacadémico, menos por el hecho de que ni siquiera terminé el secundario por renunciar a ello, que por el ascetismo que me mantiene lejos de las cuatro paredes-, encuentro positiva la cercanía a la universidad, ya que está rodeada de librerías que aún no han sido contaminadas; como si la exclusión de los best-seller o el así llamado "comercio literario" fuesen menos una necesidad que una credencial de confianza hacia los lectores-compradores. (Punto aparte, no tengo nada contra los best-seller ni el comercio literario). 
Subí por Púan en dirección al Parque Chacabuco. Entré en la primer librería que hay de mano izquierda antes de llegar a Pedro Goyena. Nunca había entrado y siempre me había llamado la atención, justamente, porque de atractivo no tiene nada. Su aspecto híbrido está más cerca de un centro de concejales que de una librería. Pero los libros que hay allí son muchos y muy buenos. Hay buenas ediciones, unas más que otras, y los precios son sinceros. No estuve mucho tiempo. Cierta fantasía borgeana me hace sentir que es el libro quien lo elige a uno y no al revés. Me dejé elegir. Estaba ahí, en uno de los anaqueles del fondo. Parecía moverse. Su contenido lo hacía moverse. Era un movimiento vivo, sano, tan preciso. No pude más que acercarme y tomarlo. "Adiós a las armas" me había elegido. 

En una entrevista, Juan Carlos Onetti cuenta que hubo un momento en que ciertos literatos, con una impronta casi futbolística -con el perdón del término- tuvieron que debatirse entre dos escuelas; la hemingwaiana y la faulkneriana. Si he de elegir, yo sería un hemingwaiano. Y sería del frente de artillería. Sin rodeos. Y con ello, por supuesto, no descarto mi profundo amor por la obra de Faulkner. 

Ernest Hemingway posee, no solo la diestra habilidad de una excelente escritura, sino también la vivacidad de un hombre de vida, de un hombre de caminos recorridos, de riesgos bien calzados, de belleza y de inmundicia, de aciertos y errores que solo son posibles en el "hacer" y en el "hacerse. Su obra es una ola. Una explosión de belleza. 

Luego de esta recomendación, que resulta a su vez como una auto-introducción a los hechos, abandono la computadora, y en este fresco domingo de noviembre, a las nueve y media de la mañana, acudiré a sus manos, oh Hemingway, mi amor!