Contener los besos es más humano

Hay un sentimiento opaco. Como una liberación ajena.
Una mentira bailadora, diría.
Hay cierta fealdad en mi instinto, puesto que perdí todo sentimiento de lujuria y seducción.
Es un salto no divino.
Pero no puedo condenarme por no ser yo. (La madrugada condena tantas cosas).
Y oscila sobre mí una duda exclamativa, revelada, piramidal.
¿Yo soy? ¿Soy, yo?
Perdí toda capacidad altruísta como se pierde la ductilidad en las ideas.
No quiero ser cuando no estoy siendo. Primer ocaso.
Ay, ingrato invierno ¿Cuanto más debo esperar?
Y el viento, ajeno, me seca la piel y se lleva un sueño.
Todo es un aislamiento, una desolación.
Intento mirar el vacío, el de la copa, el del abismo, el de mis manos, el de mi corazón.
Es fastidioso, pero los versos siempre salvan.
Escribirlos no, escupirlos.

Desolación. Eso es.
Como la hoja de un árbol perdida en lo alto de la copa.
Gritar al cielo, secarme y caer.
Caer, otra vez. Ay silente abismo.
Sigo sin estar preparado para la muerte.
Y no encuentro melodías que por llanas no sean imperfectas.
Fraseo el amor y lo pierdo en mis paranoias. Las padezco. Lo padezco.
Y se nubla. Y hay veneno. Y hay acumulación.

Miro la noche esfumarse a través de la ventana, en un amanecer tremendo.
Viví otra vez, me digo. Como un rito circular.
No hay nada que pueda añorar que no esté guardado en mis sepulcros.
Soy Nada.
Un esquema de mi mismo, uno que tracé sin devoción.
Soy ese sonido apagado, sórdido, miserable.
Acudan a mí, bellezas, que en mis manos ya se perdió algo.
Algo que dejé ir.
Algo que no quiso venir.