Poema para Silvana

Nuestros cuerpos envueltos se chocan, amantes, llenos de vida y de domingo; de vino tinto y de otoño.
Estos cuerpos que ya no asimilamos.
Y somos nacientes de un silencio encantador.
Balanceándonos sobre la cuerda que nos conduce nos sentimos únicos y salvajes.
Festejamos la sangre que se escurre en nuestras bocas y en nuestras manos como célebres testigos de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que ya no seremos.
Y lo hacemos porque sí, porque nos amamos, porque al final de cuentas la distancia fue una excusa para esperarnos dulcemente.
Nos reinventamos en cada roce, en cada mirada, porque el gozo de sabernos eternos es también la finitud de cada instancia que desintegramos.
Acorralamos al tiempo y lo hacemos gritar y gemir.
Nos abrazamos para no soltarnos nunca más, así como un sol abraza al mar, quemándolo, reflejándolo.
Y un "para siempre" tampoco nos basta, porque viajamos tan adentro que una simple astucia retórica no es suficiente para alcanzarnos.
Corazones sincrónicos, inocentes, lúcidos, pares.
Un juego en serio. Una reciprocidad que no nos importa.
Tan tuyo, tan mío, tan nuestro.
Hay algo de lo cotidiano que nos reafirma, como un papel tirado en el suelo que nunca levantaremos.
Afuera veo luces. Adentro tus ojos se adelantan, hablándome, obligándome.
La circunstancia siempre es hermosa porque somos el "quien" y no el "como" y no el "donde".
Voy a a besar estos versos. Voy a acunarlos.
Voy a verbalizar la sutileza de tus manos, silvánicas, femeninas, abarcadoras.
Y cuando te despiertes voy a dejar de hablar y mi escritura serán mis ojos.
Por el silencio que callé.
Por escucharte callar.
Por la hermosura de observarte respirar... Silvana.