Se nubló

Los que hablan.
Los que se entusiasman.
Los que se van.
Los que tienen miedo.
Los que se ponen pelotudos (con el tiempo o sin él).
Los que se la juegan.
Los que hacen que se la juegan.
Los destructivos.
Los que entienden.


La vida.
La comida.
La suma.
La resta.
La puerta.
La espera (eterna)
La muerte.
La sombra.
La herencia.
La astucia.


Un techo.
Un acierto.
Un momento.
Un inevitable darse cuenta que,
cuanto menos lo entiendas es cuanto más lo sientas.
Y la vida, y vos de un lado y yo del otro, y así, tan vivientes, tan viviendo,
nos saludamos y nos despedimos, y los cielos pasan, unos tras otros y luego largas noches.


Si sentís frío, vas bien... quiere decir que llegaste.
Si te perdés en el camino, por una amistad, por un amor, por una necesidad, por una familia... quiere decir que no llegaste.


Y así, se nubló, y otra vez la misma historia. 





Extractos

Emocionante.
Bordado en sueños.
Saber menos.
Una novela de Saer.
Lo típico del ojo ajeno.
La cavidad donde se esconde la mano amiga,
esa que se pierde porque se busca.
Comer atentos.
Llorar, abrazar, tomarse un río.
Amarla tanto que ni siquiera te alcance amarla.
Ese Nietzsche ya se iluminó.
Todas las películas que no vi.
Melancólico. No melancólico.
Amoral.
Las 3:36 am, no es un horario.
No decir vegetariano, decir humano amoroso.
Juan Carlos Onetti.
La computadora tiene trazos.
Monet. Una lámina de Monet.
Dejarse dar.
Sin sal.
Que Faulkner.
Punk story.
El Osho que nadie lee.
La palta verde para mañana.
No hay atrás.
Sábato murió de muerte.
Caminamos.
Un piloto, uno ciego.
No hay agendas.
Apagá la tele y decile a Bukowski que te lleve hasta allá.
Martes...













Poema para Silvana

Nuestros cuerpos envueltos se chocan, amantes, llenos de vida y de domingo; de vino tinto y de otoño.
Estos cuerpos que ya no asimilamos.
Y somos nacientes de un silencio encantador.
Balanceándonos sobre la cuerda que nos conduce nos sentimos únicos y salvajes.
Festejamos la sangre que se escurre en nuestras bocas y en nuestras manos como célebres testigos de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que ya no seremos.
Y lo hacemos porque sí, porque nos amamos, porque al final de cuentas la distancia fue una excusa para esperarnos dulcemente.
Nos reinventamos en cada roce, en cada mirada, porque el gozo de sabernos eternos es también la finitud de cada instancia que desintegramos.
Acorralamos al tiempo y lo hacemos gritar y gemir.
Nos abrazamos para no soltarnos nunca más, así como un sol abraza al mar, quemándolo, reflejándolo.
Y un "para siempre" tampoco nos basta, porque viajamos tan adentro que una simple astucia retórica no es suficiente para alcanzarnos.
Corazones sincrónicos, inocentes, lúcidos, pares.
Un juego en serio. Una reciprocidad que no nos importa.
Tan tuyo, tan mío, tan nuestro.
Hay algo de lo cotidiano que nos reafirma, como un papel tirado en el suelo que nunca levantaremos.
Afuera veo luces. Adentro tus ojos se adelantan, hablándome, obligándome.
La circunstancia siempre es hermosa porque somos el "quien" y no el "como" y no el "donde".
Voy a a besar estos versos. Voy a acunarlos.
Voy a verbalizar la sutileza de tus manos, silvánicas, femeninas, abarcadoras.
Y cuando te despiertes voy a dejar de hablar y mi escritura serán mis ojos.
Por el silencio que callé.
Por escucharte callar.
Por la hermosura de observarte respirar... Silvana.