Abandonar la biblioteca

Podemos dejarlo todo. Deberíamos hacerlo. Los objetos materiales deben ser para nosotros un vehículo provisorio, intransigente, absurdo y casi débil. Aferrarnos a las cosas materiales, a los objetos, suele ser inútil sino despreciable. Lo he aprendido desde muy chico. De los estoicos fundamentalmente -entre otras cosas-, y del mismo Borges, quien nos orientó, "sin querer queriendo", hacia dichas ofrendas. Consecuente con la religión que me apremia, el Zen, soy una persona que no se arraiga a los suministros de la acumulación, sino que se inclina por la dicha de la desaprensión. Pero pongamos un pero, y que ese pero funcione a modo de "stop". Quiero contarte algo que me pasó recién. Algo que rompe con todas estas afirmaciones tan bien fundadas.
Empiezo por contarte que estuve los dos últimos años de mi vida viviendo en la inevitable Manhattan; para ser más precisos, en el inevitable Harlem. Y a la hora de mudar, fue fácil con las remeras, los zapatos, el perfume y las guitarras. Pero ¿que hay de la biblioteca? Cientos y cientos de libros no se llevan de acá para allá cómo un puñado de alpiste. Fue por eso que la biblioteca quedó en manos ajenas.
La confianza que depara una mirada sana y estable del mundo que nos rodea, hace creer que todo ser viviente, ya sea humano o animal o planta, tendrá en el mismo caracter y reparo sobre el cuidado del patrimonio bibliofilo, cómo lo tendría uno mismo. Por esta razón dejé, en manos de no se quien , los tantos libros, los tantos "amigos invisibles", que formaron parte de mi vida, de mi mismo, de mis conocimientos y mis ganas, hasta entonces.
Y hoy los vi. Hoy volví a mirar a esa biblioteca que me insultaba y blasfemaba, y a sus cientos de fantasmas alumbrándome y acusándome. Hoy entendí lo estúpido y cruel que fui.
Hay una tristeza que me supera. Es la misma que me lleva a escribirte, a contarte estas cosas. Es una tristeza que, de alguna manera merezco.

Nadie debe abandonar su biblioteca. Por mayúscula o minúscula  que sea. Sea de miles o de pocos elementos, la biblioteca será siempre tu complice inacabada.

La tristeza me invade. Tantos amigos que abandoné. Tantos, que ni sabré quienes son.