Domingo, bendito domingo.

Salgo a comprar una cerveza.
Los domingos los "chinos" más cercanos están cerrados. Entonces empiezo a caminar sin rumbo.
Recoleta pasó de ser afrancesado a ser concheto. Pero igual me gusta.
Hace muchísimo calor.
 Me quedé con lo que dice Kerouac al comienzo de "On the road":

... la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde cómo fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas...


Entonces encuentro un lugar abierto.
Agarro una Heineken del fondo abalando al sentido común que sostiene que las de atrás van a estar más frías.
Ni siquiera me gustan las cosas muy frías.
La china tiene tal mal aliento que incluso del otro lado de la caja puedo sentirlo.
10.50 $. Le pago con 100. Se me cruza la inocente idea de que por razones práticas debería cobrarme 10. Sobre todo porqué no llevo una billetera y no es lo mismo tener un par de billetes enroscados en la misma mano con la que voy a llevar la bolsa con la cerveza, que a eso, adherirle algunas monedas.
Me cobra lo que me tiene que cobrar. "Nadie le regala nada a nadie", pienso. Por la forma en que la china me miró posiblemente lo dije en voz alta.
Cuando entro a mi casa estaba sonando Cerati. Un domingo, no.
Pongo Radiohead a todo volumen. En el departamento contiguo no vive nadie. Lo alquilan para turistas -según me enteré ayer- y hace semanas que está deshabitado.
En la otra punta vive una... alguien, que no sé si es más bien una adulta o una señora, con quien crucé poquísimas palabras en el ascensor, lo cual me bastó para que me resulte un individuo completamente desagradable. De modo que el volumén es una estrategia de fastidio, sino una forma de acallar el mal humor que vengo trayendo desde hace unas horas, no por mi culpa sino por culpa de otros.

Ahora pienso en lo que aprendí de Krishnamurti, lo que aprendí de los estoicos, lo que aprendí Whitman, y comprendo que todo conocimiento es una experiencia vacía y ajena.
Entonces me valgo de mi propia capacidad de generar realidad y me digo que "nada es esencialmente necesario".
Mierda. Puro conformismo.

La verdad es que en el verano los domingos no deberían existir.
Probablemente no deberían existir la idea de los días cómo algo sucesivo. O todos los días tendrían que llevar en mismo nombre.
Total la razón por la cual fueron necesarios alguna vez tenía que ver con un orden social y una armonía entre las personas, cosa un poco agotada, acabada y, por tanto, inútil.
Después de todo cada uno hace lo que se le da la gana, esté fastidiando a los demás o no.
Mejor dicho, da la sensación que cuanto más te puedan fastidiar, más felices se van sentir.
Parodia frente al espejo:
Me miro, de cerca me miro, cada vez más de cerca y entonces juego al cíclope, me miro cada vez más de cerca y mis ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen, y el cíclope se mira, respirando confundido...