Sin tiempo de abrazar

       A Guadalupe Docampo 

Salgo del laberinto. 
Una mano me aprieta y otra se dispara.
Las luces ciegas son el tímido sueño que vengamos; cómo muros agotados, sin forma, tan llenos de distancia.
Me arriesgo al miedo que sabe pecar. De eso no me arrepiento.
Y la resonante figura de tu voz es el oscuro apego que me apega, cómo una gota de lluvia contra el vidrio, en un deslizarse eterno, gravitatorio, casi heroico.

Salgo del laberinto y no hay razones.
 Hojas acumuladas. Pies arrastrados. Sangre viva.
La cotidiana cadencia de tus silencios es una astucia que se alimenta con los años.
Sos esa violencia, lo sé. De esas cosas no se habla.
Pero también sos cada palabra. Cada libro compartido, cada tinta, cada escudo, largos años que se agolpan entremezclados.  

Te dibujo entre mis manos, para que cada verso sea un ladrillo más.
No es el tiempo, es la mitad de tu vida, y de la mía.
No es la forma, es el inevitable anhelo que aplasta, contradictorio, voraz.

Debajo de la ropa los cuerpos se escapan.
Te miro fijo a los ojos, hablo de más. 
Termina empezando... nunca corrí la mirada.