En el taller de Emilio Fatuzzo

Doy un sorbo profundo de "no sé que". Se entremezclan la fascinación devenida a colores, al absurdo esquema de la creación. Hay humo en el aire; hay otras cosas. Doy un sorbo profundo de "no sé que" y a veces sabe a vino. Lo miro a Fatuzzo cómo cuando mirás un libro sabiendo que lo vas a comprar. Miro a sus alumnos mientras pintan. Ellos mundean, "universean", se deslizan en un criterio propio, sino íntimo.
Acuden a si mismos con la sola noción que infunde las desesperadas ganas de encontrarse de una vez por todas. "El arte no se puede aprender" me digo a mi mismo. Entonces la idea de aprender a pintar es una refutación en si misma. 
Entonces las obras se suceden, universos opuestos, antagónicos, indiferentes, ajenos, complementarios o sucesivos se abrazan bajo la mirada de dos ojos que son maestros y que también son ciegos. Lo hermoso de aprender es que uno no está aprendiendo nada.
Doy un sorbo profundo de "no sé que", y quizá es el sabor de aquello que llamo arte. Ese es el cáliz y no el otro.
Ahora suena Dinah Shore. En el taller de Fatuzzo siempre suena Dinah Shore, aunque escuchemos otra cosa. Porqué resulta que en este punto, es más lo que percibimos que lo que creemos percibir.
No sé que es la pintura y tampoco quiero saberlo. Cuando me vaya de acá voy a descubrir que algo fue manchado. Siempre me voy manchado. Quizá sea eso, quizá la pintura es aprender a mancharse.