Antes del fin

            A lo largo de la historia de la humanidad el hombre se deslizó sobre cierta fascinación que aún resulta intacta; el fin de los tiempos. Numerologías, pronósticos, profecías, anuncios, supersticiones, visiones, dan cuenta de fechas exactas y sucesos que se postulan de manera rotunda e irrevocable. Pero, ¿que hay detrás de todo esto? ¿Que motiva a las personas tomarse con tanta convicción, incluso con mero entusiasmo, la idea de un final catastrófico e inminente? Creo dar con la respuesta.
Fueron los estoicos quienes afirmaron, no con poca razón, que la muerte de un ser no es posible. Que cuando algo vivo muere ya deja de serlo, es decir que esencialmente es imposible dejar de existir. El zen afirma algo similar al situarnos en un presente infinito y no cronológico incapaz de modificar la basta y inagotable existencia.
Entonces, el final, siempre es individual. "La muerte es un asunto solitario". La muerte sólo es posible para el individuo.
La idea de un final total, de un final en masa, de un apocalipsis que se coma todo, no es más que la intención de hermanar los miedos y las angustias; es escapar del asunto cómo algo personal y dejarlo en mano de lo extraordinario. Es la evasión de las frustraciones propias y la incapacidad o la dejadez. Algo más grande -nada más y nada menos que el último final- nos puede redimir o acaso justificar, de todo lo que no logramos ser ni hacer de nuestras vidas. Nada de esto es cierto.
No me cansaré nunca de repetir que lo único posible en la vida, es encontrarnos a nosotros mismos.
Cualquier sensación egoica y masiva no es más que un inútil argumento para escaparnos de una realidad personal que no supimos abordar.