En el taller de Emilio Fatuzzo

Doy un sorbo profundo de "no sé que". Se entremezclan la fascinación devenida a colores, al absurdo esquema de la creación. Hay humo en el aire; hay otras cosas. Doy un sorbo profundo de "no sé que" y a veces sabe a vino. Lo miro a Fatuzzo cómo cuando mirás un libro sabiendo que lo vas a comprar. Miro a sus alumnos mientras pintan. Ellos mundean, "universean", se deslizan en un criterio propio, sino íntimo.
Acuden a si mismos con la sola noción que infunde las desesperadas ganas de encontrarse de una vez por todas. "El arte no se puede aprender" me digo a mi mismo. Entonces la idea de aprender a pintar es una refutación en si misma. 
Entonces las obras se suceden, universos opuestos, antagónicos, indiferentes, ajenos, complementarios o sucesivos se abrazan bajo la mirada de dos ojos que son maestros y que también son ciegos. Lo hermoso de aprender es que uno no está aprendiendo nada.
Doy un sorbo profundo de "no sé que", y quizá es el sabor de aquello que llamo arte. Ese es el cáliz y no el otro.
Ahora suena Dinah Shore. En el taller de Fatuzzo siempre suena Dinah Shore, aunque escuchemos otra cosa. Porqué resulta que en este punto, es más lo que percibimos que lo que creemos percibir.
No sé que es la pintura y tampoco quiero saberlo. Cuando me vaya de acá voy a descubrir que algo fue manchado. Siempre me voy manchado. Quizá sea eso, quizá la pintura es aprender a mancharse. 




Sobre Miranda July

Comencé al revés. Primero vi "The Future" y luego "Me and you and everyone we know". Llegué llegando. Nada más. Ni siquiera sabía mucho de ella más de lo que te enterás por ahí y menos aún que era la protagonista de sus películas. (Me gusta eso. No aprovecharme del exceso de información que supone internet. En caracter de sorpresa algo se pierde). Pero vuelvo a Miranda July. Escribe muy bien, es rebuscada y meticulosa. Cada escena es una escena en particular. Sentí que escribía con ella, que decíamos las mismas cosas, que teníamos ganas de decirlas. Hace de los guiones herramientas del cine. Va con microscópio. Eso me gusta. Dirige muy bien. Las escenas, al sucederse, no pierden la fuerza que sostienen ambos films; entras, te lo crees, te reís, sos. Actúa muy bien. Sospecho que escribe pensando en si misma, en su cuerpo, en sus formas.
Llegué llegando. Eso es el cine. Cuevana me cabe. Ambas están ahí.

Me hace pensar que hay un cine que aún es anacrónico... ahora pienso en Godard.

A modo de invitación

Queridos lectores, aprovecho para "reinvitarlos" y recordarles que mañana continúo con el ciclo de lecturas en el espacio de arte Wallrod. También me gustaría comentarles un poco "de que va"; Así cómo en su momento lo hice en plaza Francia, mi idea es generar un espacio de encuentro para que muchos de los que escribimos podamos compartir nuestra obra.
 Algunas décadas atrás, era muy común que los escritores, sobre todo los más famosos, leyesen bocetos de sus obras con la intención de compartirlos o comprenderlos a través de la mirada, la aprobación -o no- y el feedback de los presentes. Por tanto, estos encuentros no intentan ser un suceso egoico en donde solo recorramos mis escritos. Por el contrario, tiene la sola intención de que cualquiera que lo desee pueda traer sus cosas, ya sea para ser leídas por otros o por si mismos. 
Mañana, por mi parte, estaré presente con algunas poesías que ya comparti en este blog y otras que aún no han sido publicadas.
Los espero entonces a partir de las 18hs.

Link de Wallrod

A las 4 y 25

El insomnio es el refugio de mi sombra.
Un viento frío que me aplasta.
¿En donde estoy cuando no estoy en ninguna parte?
La hora de la nada.
Me diluyo en tus manos, las que no tengo, las inalcanzables.
Es muerte y también es melodía.
Nado en la superficie.
Asomo la cabeza, y respiro un aire fresco, dulce, ajeno, olvidado.
Caigo otra vez.
No puedo mentir.
¿En donde estoy cuando no estoy en ninguna parte?

El silencio se amplifica.
Un lágrima se escapa de mis ojos y se desliza hacia mi boca.
Sabe a anhelo.
Entonces doy un sorbo de profundidad.
El vino es misterioso en la incertidumbre.
"Nada es cierto", me digo.
Me aferro fuerte a los sueños, para que me lleven a otra parte.



Sin tiempo de abrazar

       A Guadalupe Docampo 

Salgo del laberinto. 
Una mano me aprieta y otra se dispara.
Las luces ciegas son el tímido sueño que vengamos; cómo muros agotados, sin forma, tan llenos de distancia.
Me arriesgo al miedo que sabe pecar. De eso no me arrepiento.
Y la resonante figura de tu voz es el oscuro apego que me apega, cómo una gota de lluvia contra el vidrio, en un deslizarse eterno, gravitatorio, casi heroico.

Salgo del laberinto y no hay razones.
 Hojas acumuladas. Pies arrastrados. Sangre viva.
La cotidiana cadencia de tus silencios es una astucia que se alimenta con los años.
Sos esa violencia, lo sé. De esas cosas no se habla.
Pero también sos cada palabra. Cada libro compartido, cada tinta, cada escudo, largos años que se agolpan entremezclados.  

Te dibujo entre mis manos, para que cada verso sea un ladrillo más.
No es el tiempo, es la mitad de tu vida, y de la mía.
No es la forma, es el inevitable anhelo que aplasta, contradictorio, voraz.

Debajo de la ropa los cuerpos se escapan.
Te miro fijo a los ojos, hablo de más. 
Termina empezando... nunca corrí la mirada. 










Antes del fin

            A lo largo de la historia de la humanidad el hombre se deslizó sobre cierta fascinación que aún resulta intacta; el fin de los tiempos. Numerologías, pronósticos, profecías, anuncios, supersticiones, visiones, dan cuenta de fechas exactas y sucesos que se postulan de manera rotunda e irrevocable. Pero, ¿que hay detrás de todo esto? ¿Que motiva a las personas tomarse con tanta convicción, incluso con mero entusiasmo, la idea de un final catastrófico e inminente? Creo dar con la respuesta.
Fueron los estoicos quienes afirmaron, no con poca razón, que la muerte de un ser no es posible. Que cuando algo vivo muere ya deja de serlo, es decir que esencialmente es imposible dejar de existir. El zen afirma algo similar al situarnos en un presente infinito y no cronológico incapaz de modificar la basta y inagotable existencia.
Entonces, el final, siempre es individual. "La muerte es un asunto solitario". La muerte sólo es posible para el individuo.
La idea de un final total, de un final en masa, de un apocalipsis que se coma todo, no es más que la intención de hermanar los miedos y las angustias; es escapar del asunto cómo algo personal y dejarlo en mano de lo extraordinario. Es la evasión de las frustraciones propias y la incapacidad o la dejadez. Algo más grande -nada más y nada menos que el último final- nos puede redimir o acaso justificar, de todo lo que no logramos ser ni hacer de nuestras vidas. Nada de esto es cierto.
No me cansaré nunca de repetir que lo único posible en la vida, es encontrarnos a nosotros mismos.
Cualquier sensación egoica y masiva no es más que un inútil argumento para escaparnos de una realidad personal que no supimos abordar.



Poema para la distancia cercana

Acaricio tu pelo, enredado, porque no puedo tocarlo.
Esparzo la miel de mi boca en tu boca, tan mía y tan nada.
Acumulo placer y me hermano en los deseos que te apremian, por ser vos, por ser ella.
Te invoco, más que cómo un deseo, cómo un destino inevitable.
Si, la vida, si, las cosas, si al si, si al todo y todo en si.
Desgárrame. Envuélveme. Anúdame. Mojémonos de amor sin secarnos.
¿Que es la distancia? Un reflejo.
¿Que es la circunstancia? Un consuelo.
Enmudéceme, y voy ser llanura.
Gritar la sed. Gritar las ganas. Gritar la sombra.
Te miro ciego. Te abrazo golpeando el aire.

Respiro... algo de tu cuello se perdió en mis pupilas,
Hay olores. Hay fragancia a sexo. Huele a infancia y a semen y a distancia.
Huele a vos, huele en mi...

Si todos los tiempos en el tiempo nos eligiesen, solo cerraría lo ojos.
No hay verdad... sólo esperar.


Máxima y tanto.

Todas las personas son especiales, a pesar de que no lo sepas, ni ellas tampoco.