Linyera y el Diógenes

 Abrí el diario. Nunca lo leo. Nunca lo leí. Marcado por la sentencia borgeana que articuló "una noticia que dura un día no puede ser tan importante", me arrebaté, menos por obligación que por costumbre, a evitar dicha disciplina.
Abrí el diario pero no lo leí. No podía hacerlo. Lo observé cómo algo misterioso, enigmático. Traté de descifrar los símbolos ajenos que se sucedían página tras página. Kirchner. Khadafy. Economía. Déficit. Elecciones. ETA. Putin. Deportes. Remo. Inflación. Punto.
"Yo no sé nada de nada", me dije. Y lo cerré. En la contratapa estaba "Diógenes y el linyera". Me acordé de Ginzburg. Me reí.

Hace poco discutía con una persona a quien le aseguraba que yo era un "anarquista spencereano". Me dijo que tal cosa no era posible, que desde el momento que uno pisa la tierra ya es un ser en sociedad, y que Argentina era, además, una República; señalándome me dijo "uno no puede no estar en el mundo".

Me pregunto a que mundo se refería. Seguramente no hablábamos del mismo.