Atrapados en el ojo ajeno

Es muy probable que al mirarnos no sean sólo nuestros ojos los que nos observan. Es muy probable que al hacerlo, llevemos a cuestas todas y cada una de las miradas que se nos posaron sobre los hombros, atrapándonos en una ilusoria versión de nosotros mismos.
En nuestras casas, en las escuelas, en las iglesias, van forjando una imagen del individuo que debe coincidir exactamente -y paradójicamente- con todo aquello que mate de lleno la individualidad. Quieren seres sociales y no seres individuales. Quieren ladrillos que sostengan la tremenda estructura de la mentira social. Y al que tenga sus propias ideas y exima su propia visión del mundo, o lo escupen, o lo crucifican, o lo encierran en un manicomio.
Las leyes, las religiones, los sistemas políticos, todos intentan que seamos iguales, que seamos una unidad.  El individuo es muy peligroso para ellos, porqué si quitamos todos los ladrillos, la casa se viene abajo.
Y es tan loco, y tan estúpido, que nos hicieron creer que el individualismo es una forma de egoísmo, y que además eso es malo.
Si fuésemos capaces de quitarnos todos esos ojos podridos que nos pusieron encima, sólo nos encontraríamos a nosotros mismos, respirando la existencia, prescindiendo, incluso, de la necesidad de mirarnos en libertad.