Todos los amores, el amor

Entonces empiezas a correr junto a la vida, a bailarla, a saltar con ella y frente a ella. Empiezas a ver a la vida cómo una aliada de tus ganas, de tu experiencia personal. La vida empieza a florecer en las cosas más simples, sin reparo, sin permiso, se asoma y se te entrega.
"Correr junto a la vida". Lo pensé hoy mientras corría cómo lo hago todos los días desde hace muchos años.  No lo hago por salud o por razones estéticas. Simplemente es mi meditación activa. Es lo que yo entendí cómo meditación activa. Al correr despierto de mi hacia mi. Ya no soy unos huesos motrices, que utilizan su músculos cómo tracción y un corazón que los bañé de sangre oxigenada. Ya no. Después del algunos minutos, después de media hora, comienzo a perderme en el agua universal que todo lo une y lo amplifica. Entonces uno deja de ser uno y comienza el verdadero baile y la verdadera corrida.
Por eso corro junto a la vida, pues es en esos momentos en donde siento su abundancia, su riqueza. Me pasa algo similar cuando subo a un escenario o cuando me apresto al sexo sagrado.
Pero hoy me sucedió una particularidad. Algo se unió a esa celebración infinita que supone perderse en el presente. Algo en mi, en cada paso, en cada respiración agitada y vivaz, kilómetro tras kilómetro se impregnaba de una sensación nueva, un sentimiento que no había estado ahí por mucho tiempo; un argumento de la felicidad, una sonrisa expansiva, el delirio mezclado con la fascinación y la dulzura me mostraron de que se trataba: Era el amor.

Si alguna verdad me fue develada alguna vez, es que la vida es inherente al amor, tanto así cómo el amor a la vida. Que ambas cosas actúan juntas no cómo una justificación sino cómo consecuencia inevitable. Una vida sin amor es completamente inútil, así cómo lo es el agua sin la sed.
Una proeza mayor me demostró que el amor y la vida son la misma cosa.