Sobre la figura paterna.

Juan Carlos Sosa, mi padre, murió cuando yo tenía 8 años. A partir de entonces -y hasta el momento en que logré comprender de que se trataba- mis grandes amigos de la infancia y de la adolescencia, fueron personas mucho mayores que yo, incluso hasta me doblaban la edad. De alguna manera , ellos también fueron mis padres y mis maestros. Suplían el espacio que la muerte de Juan Carlos había dejado; cumplían la función de un arquetipo que podía esquivar, pero al que tarde o temprano iba a terminar acudiendo. Y este arquetipo paterno -al igual que el materno- son de radical importancia para la construcción de nuestra fuerza vital, para la pacificación con uno mismo y para la armonía con el universo que nos rodea. No podemos pensar en decorar la casa sin antes haber pensando en el reboque, y antes en los ladrillos y antes, fundamentalmente, en los cimientos.
La función del psicoanálisis moderno, en la medida que yo lo entiendo, es justamente afianzar estos cimientos, armar la casa y mostrar que es hora de tirar esos muebles viejos y gastados que son el pasado. Pero luego es uno quien elige, ya en la madurez o bien en la iluminación y en la lucidez, cuando es el momento de vaciar la casa, de rearmarla, de reconstruirla a partir de nuestra experiencia personal. Pero esto nunca va a ser posible sin antes haber aceptado estos arquetipos.
Ahora, a mis 30, ahora en mi madurez espiritual y emocional -la social me llego antes, por añadidura- siento que por naturaleza o por intuición, respeté sin quererlo, esta estructura elemental de los seres humanos. Recuerdo con amor y desapego a todos esos grandes amigos, algunos tangibles, otros invisibles, que colaboraron con la melodía que es en el Ahora, el sonido de mi corazón.

POSDATA: Releyendo a Borges, estoy seguro que tanto la literatura cómo el arte, también son esos cimientos que por causa de fuerza mayor o por elección tuvimos que aprender a reconstruir.