Rachmaninov, un poeta sonoro.

Siempre me gustó escribir en silencio. Lo mismo me pasa para leer. Pero hace un tiempo, probablemente un año, que tomé el hábito de escribir escuchando Rachmaninov. Las razones son muchas, comenzando con que Sergei Rachmaninov es el salvavidas de mis continuos naufragios, es mi compañero habitual en los momentos de caos y de desnudez, es mi mantra astral, mis pies sobre el aire.
 Y cómo muchos de los lectores de este blog ya saben, soy un gran mélomane -sobre todo del Jazz.  De modo que mi ineludible afición por la música clásica, por los grandes maestros de la melodía y la demencia,  es una parte esencial de mi cotidianidad. Chopin me salva. Brahms me salva. Wagner me salva, y tantos otros. Pero en Rachmaninov hay un elemento agregado y es su poesía sonora. Siento en su obra algo que no me sucede con otra, y es la fatigada moción de vida, el acierto emocional, la belleza despojada de todo margen. En él, la vida es un milagro inagotable, una iluminación constante, una construcción presente, decidida, sensible pero también temperamental.
Yo creo que todas las cosas son fundamentales, desde un atomun hasta el infinito e indiferente universo. Pero en un mundo más privado y radical -es decir el mundo propio- Rachmaninov es la sustancia que me anuncia y me disuelve.