Por qué escribo o De la noche en que decidí ser un poeta y no lo logré


El deseo de escribir no se funda con los mismos motivos que otra clase de deseo. Sus raíces, profundas y elementales, ya dejaron de ser verdes. Al menos para mi. Una noche de enero, a los dieciséis años de edad, abandoné la idea de ser poeta, menos por la falta de talento que por los motivos que me impulsaron una y otra vez hacia un destino meramente musical. Actualmente, tal así cómo lo vengo haciendo durante la última década, antes con Cuentos Borgeanos y ahora con mi nuevo proyecto, fantaseo con una poesía menos decorativa, menos "movediza", pero no por ello menos genuina: las letras.

Una novela inacabada que intitulé "Ni Palabra", sigue siendo otro motivo de búsqueda estética, de belleza traducida, de entusiasmo renovado. No me impulsan otras razones que esa belleza, que esa desnudez. De esta ecuación sólo sacamos un buen resultado los que vivimos el arte cómo una forma de entender la vida y no cómo un ejercicio raquítico de una cultura que ya no se deja ver: y no hablo sólo de Argentina.

Mi hoy es otro. Es el de las delicada suma de borradores, apilados uno tras otro en mi memoria. Ya no escribo por el rauda y misteriosa necesidad de decir algo (¿acaso hay algo que decir?) sino por la inevitable emoción de poder ver el mundo con mis propios ojos.


Ilustra, a quien le debo tantos "ojos", Henri Rousseau.