La soledad es vital.

El fugitivo paso del tiempo nos demuestra, nos insinúa, que algunas cosas son inevitables. Hablo de los sucesos externos, aquellos que no podemos manejar; hablo, para ser preciso, de nosotros en relación a los demás. El dilema es fundamental. Las personas estamos sujetas a un constante cambio, un irreparable cambio, ajeno a nuestra conciencia y nuestra voluntad. Es entonces imposible afirmarnos en relación a los otros de una manera estructurada, que adhiera, además, nuestros deseos y nuestra visión del mundo. ¿Cómo podemos forjar, sin embargo, vínculos? Familiares, amorosos, amistosos. La respuesta es que no podemos, la respuesta es que nunca lo hicimos, la respuesta es que hay una gran mentira en base a todo esto.
Un ejemplo. María ama a Pablo. Pablo, a su vez, la ama; este amor que ella le brinda, esta fraternidad encaja con todas sus creemcias acerca del amor. Le da cierta seguridad a sus ideas y eso hace que él mismo se sienta seguro. ¿Me siguen? Cómo el creyente que necesita continuas manifestaciones y revelaciones de sus creencias para reafirmar que sus ideas son "seguras". Bien, volvemos con que María un día se levanta y se enamora de un marinero, privando a Pablo, excluyendo a Pablo, de este vínculo de amor, al parecer, irrecuperable. ¿Que hay de Pablo, que hay de sus ideas? Se desmoronan, se cae el castillo, se vislumbran los molinos de viento. Y con ellas cae también su seguridad, la seguridad que sus ideas acerca de todo esto le proporcionaban.
Por eso digo que no podemos vivir en relación a los demás ya que todos estos sentimientos son falsos, apocados, de corta vida. Solo es posible entender y entendernos a partir de una consciente noción de nuestra soledad. "Si no me amas te amaré", cito al gran poeta chileno y del mundo.
La única manera de alimentar nuestra reciprocidad es simplemente a partir de lo que uno siente, y nada más.