Acerca de la sensibilidad.


Cierta señorita cuya identidad no voy a revelar por razones estéticas, inspiró de una forma indirecta e involuntaria- no podía ser de otra manera- este post.
En una conversación que tuvimos, creo que fue la única, de esas a las que nos referimos cómo "la-primera-y-la-última", ella no reparo en insistirme que yo era demasiado sensible. Me resultaba fastidioso explicarle en detalle, ya que nunca entendería; lo que para ella era una crítica, raquítica y contenida, para mi era una noble virtud: La sensibilidad.
Escribí lo siguiente.

La sensibilidad es la lucidez borracha.
La sensibilidad es un tesoro vedado a aquellos que entienden la vida cómo un estallido de profunda felicidad, de gozo, de vitalidad.
Es la revelación corporea de emociones naturales, necesarias.
Es la inocencia. Es el niño.
La sensibilidad es ver, no solo la foto entera, sino además revelarla, decorarla.
La sensibilidad, dejando de ser un instrumento para los sensibles, es un elemento del arte, del despertar a la belleza, incapaz de manejar otro idioma ajeno a las sensaciones.
La sensibilidad es amar con los ojos, beber la tierra, perderse en los cuerpos, olvidarlo todo.
Es una danza, una antena; es el contacto, dinámico y tenaz, con la realidad que nos rodea.
¿Por qué entonces, no estás sensible?

Ilustra, "Oh el tan querido", Manet.