¿De quien es el arte?


Siempre me gustó el jazz. Digo siempre porque en ese "siempre" se abre mi perspectiva sobre el pasado y no se cierra. Que sabré yo de "siempres" y menos aún de mi mismo. Entonces digo siempre, porque cada vez que escucho jazz estoy ahí, colgado de esos agudos que a fuerza de apretar diafragmas y escurrir saliva, el gran Coltrane nos regala con un "blue train" inexplicable. Entonces camino a Manhattan y no a Coltrane, ni a Dizzy, ni a Baker, y "todo es jazz"; cada valdosa, cada semaforo, cada reflejo, cada trago, cada mirada... todo es jazz.

Me pierdo en esta idea un rato, en la del jazz. Es un estilo de música que puedo escuchar, incluso, sin la ejecución ni el ejercicio musical que lo justifica. Suena en mi, y suena en mi caminando este presente que me arraiga a una ciudad tan mágica y misteriosa cómo es New York. Y si arraigarse es afirmarse, entre un jazz sin sonidos y una llovizna que congela mi nariz, me grito en silencio, "yo no soy de ninguna parte".

El arte es eso, es perder el ego; es, cómo en mi obra para el aniversario de Wallrod, saltar en el vacío.
Y sigue la pregunta obligada; Si el arte no es de nadie sino de todos y de todo, ¿cómo seguir comercializando mi música, mis canciones?

La pregunta queda abierta, a pesar de no ser retórica socrática.