Sobre la belleza en general y sobre la belleza en particular


Miro la lluvia. Tiene una belleza única. Es agua sí, pero no es como el mar, o como el río. Su belleza se derrama, cae, abarca. Y lo hace con fuerza, con violencia, con cierta agresividad. Es casi sexual.
Aclaro que no pretendo ser poemático ni muchos menos, de verdad lo digo. Solo que no deja de maravillarme, es hipnótica. Yo no entiendo a las personas que salen corriendo cuando llueve. Que se malhumoran, que se asustan, corren y ni siquiera saben por qué. Quizá porque cuando uno es chico le prohiben mojarse con la lluvia, ser absorbidos por su encanto. Entonces te enseñan que está mal, que te podes enfermar, que vas a arruinar el lindo saquito que tejió una tía que murió y esa clase de tonterías. Diferente sería si un padre ve a su hijo haciendo el loco abajo de la lluvia y a cambio de retarlo termina haciendo el mono con él, mojando los zapatos nuevos y pescando un resfriado.
La lluvia es tan singular y de una belleza tan profunda, que no me molestaría en absoluto pasar horas contemplándola.