J.D.


Me enfrento a un terrible dilema: ¿apago la televisión o sigo esperando? Se murió Salinger y quiero saber algo más que lo que se lee en las raquíticas noticias obligadas de los diarios (¿Por qué no hablaron de Salinger la semana pasada? Por la misma razón que no van a hablar la siguiente). Hay unos cuantos canales de deportes, de películas, de noticias. Cinco canales de aire, algunos de arte y cultura. Nada. Salinger no aparece. Comienzo a impacientarme y la frecuencia de mi zapping en cada vez mayor. En las dos o tres veces que recorrí los ochenta canales me dieron algunos consejos: un desodorante que te transforma en un hombre atractivo, un yogurt que te da vitaminas, una gaseosa que te hace más feliz, un perro que habla, una tarjeta, un detergente, un auto, perro, gaseosa, desodorante, plata, auto, juguera, perro, gaseosa, felicidad... pura mierda. Nada de esto sirve para nada.

Mirtha Legrand está haciendo el mismo programa frígido y sin contenido de hace cincuenta años. Roberto Fort tiene uno propio en donde deleita a una tristísima audiencia con su carisma de imbécil calificado y su falso ego plastificado y cremoso. Siete millones de programas sobre farándula y las mismas pelotudeces de siempre. De Salinger, nada. Apago la tele. Me quedo un rato pensando, y me digo "claro, la gente no lee, para que van a hablar de un escritor".

Salinger murió. Era uno de los gigantes. Fatuzzo dice que estaba entre uno de los treinta más grandes. Yo digo que entre los cincuenta.
Se murió Salinger y ya no quedan muchos. Gabo, Saramago, Sábato, y paremos de contar. Los demás están todos muertos.
Ojalá que sus hijos publiquen lo que dejó. No sé...

Chau Jerome David Salinger.