Más amigo de que de.


Subo al subte en la estación Juramento. Iba hasta Catedral para combinar con la línea E. Pasó un buen rato hasta que me senté. Siempre me gustó leer en el subte o en el colectivo porque hay algo del ruido, el movimiento, los empujones, el calor, que amplifican mi concentración. Estaba muy ansioso con un libro que me regalo Emilio de Gibran. También llevaba conmigo un libro de Osho que apoyé en mis piernas. Aún no me había metido en la lectura, cuando un señor sentado a mi izquierda me pregunta que estación era conveniente para llegar a av. Córdoba al mil trescientos. Me paré, miré el letrero de las estaciones, me senté y le dije que en Tribunales. "Ah si, eso me habían dicho. Es que me funciona mal la memoria". Traté de evitar el diálogo para, de una vez por todas, disfrutar mi libro. "¿Cuantos años me das?" Tuve que volver a cerrarlo. Pensé que después de todo, solo quedaban dos estaciones para que el señor bajara, y que, para no seguir interrumpiendo la lectura, lo mejor sería charlarle. "Yo creo que más de ochenta seguro ¿Ochenta y uno?" -arriesgué. A lo que él contestó " eso más nueve". Me preguntó que leía, señalando el libro apoyado en mis rodillas, como si no hubiese visto el que llevaba en las manos. Le dije que Osho. Luego, algo que cambió para mi todo el rumbo de la conversación. Lo que hasta entonces había sido un fastidió, se transformó en una amena charla. "Ah, yo soy amigo de Osho, pero más lo soy de Krishnamurti". Naturalmente que este hombre no hablaba en serio. A pesar de su edad y de su mala memoria, debería saber, al menos, que Osho y Krishnamurti habían muerto hacía rato. Pero entendí que fue una forma muy simpática de decirme que a él también le gustaban esas lecturas. Me preguntó si era estudiante de filosofía, a lo que contesté que no, que agraciadamente no, que solo me interesaba leer, y me obligó a anotar su teléfono. "Llamame a las dos de la tarde o a las diez de la noche. Nos juntamos a tomar un café y charlamos sobre todo esto." Lo anoté.
El dr. Elías, así tuve que agendar su nombre según su voluntad, se bajó en Tribunales. Desde el andén levantó el bastón para saludarme sin saber donde estaba sentado, a lo que respondí un batir de manos, sin la esperanza de que me viera.
No sé si lo voy a llamar. Quizá si. Tal vez ni se acuerde de mi nombre, o el número que me pasó no sea el correcto. Pero me quedé feliz. Son esas cosas que pasan. Conocí a un amigo más de Krishnamurti que de Osho en el subte línea D.
No volví a agarrar el libro de Gibran. Me quedé pensando, hasta que llegué, en los fantasmas sobre el tiempo que abruman y abundan la obra de Borges.

pd; Esto no es un cuento. No soy escritor de cuentos. El formato se acerca para hacer más acertada la historia y su lectura.